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domingo, 5 de octubre de 2014

Maldita lluvia

Para variar un poco el ritmo de publicaciones, dejo este escrito.

Mil disculpas por no publicar ayer, pero tuve que trabajar.

MALDITA LLUVIA

La lluvia aumentaba su intensidad, el repiquetear de las gotas se va trasformando en un murmullo grave, para muchos es un sonido que invita a dormir y descansar, pero para mí es la señal que mi corazón y mente esperan para dejar brotar amargas lágrimas; en un vano intento por aliviar un dolor que se ha calado en lo más profundo de mi ser y que tardara mucho tiempo en aplacarse.

Es verdad puede sonar algo extraño, pero se los confieso, odio la lluvia y su sonido; el solo escucharla me hace revivir los dolorosos recuerdos de un pasado no muy lejano el cual todavía no he podido enterrar en lo profundo del olvido.

Mi nombre es Trevor y mi relación con la lluvia es bastante complicada, hasta hace un mes su sonido y presencia llenaban de júbilo mi corazón y con su murmullo había logrado llegar a pensar que mi existencia era plena y maravillosa; todo esto, porque fue bajo la lluvia donde la conocí.

Todo comenzó un día en el cual una borrasca característica de este lúgubre lugar se precipito sin dar aviso. Yo había salido del instituto un poco cabizbajo porque una chica la cual su nombre no me es importante ahora, no había aceptado mi invitación a comer. La lluvia se precipito tan rápido que en un momento quede totalmente empapado, perfecto pensé, al tiempo que corría a buscar refugio debajo de un pequeño cobertizo.

Estaba pensando y esperando a que la lluvia disminuyera, cuando una dulce voz me pregunto.
-¿Está ocupado este sitio, me puedo quedar aquí a esperar que deje de llover?-
Al levantar mi vista hacia la fuente de tan armoniosa voz, lo único que pude hacer fue asentir y contemplar a la hermosa beldad que había frente a mis ojos,  su mirada era de color castaño y expresiva, su boca era perfecta con labios rojos y brillantes, en su cara resaltaban dos hermosos hoyuelos que se marcaron con su sonrisa, su cabello mojado permitía suponer que era de color castaño claro.
Su cuerpo era delgado pero atlético, con rasgos delicados y la altura era la perfecta para mí.
Ante mi estupefacción su dulce voz volvió resonar en un intento por romper el silencio, que la admiración había generado en mí ser.
-Hola mi nombre es Amanda- me dijo, volviendo a sonreír y haciendo que aparecieran esos hoyuelos, que hacían de su sonrisa algo que me quitaba el aliento.
Después de ese saludo y un poco de balbuceo de mi parte su maravillosa forma de ser me cautivo, y la conversación fluyo de manera natural.

Aunque parezca mentira, Cupido lanzo rápidamente sus poderosas flechas sobre nosotros y días después nos volvimos a encontrar en nuestra primera cita, la cual también estuvo acompañada por la lluvia y en donde nos dimos nuestro primer beso.

Estos días en los cuales no he hecho sino pensar, he llegado a la conclusión de que con el primer beso puede confirmar si lo que sientes es amor verdadero o solo es un capricho.
Solo les puedo decir que cuando la bese, sentí que el tiempo se congelaba y yo quedaba suspendido en la nada, pero el solo hecho de sentir sus dulces labios y su cálido aliento  dentro de mí, me hicieron regresar al mundo el cual se había vuelto de repente más brillante; también les puedo decir que ella, mi alma gemela, sintió lo mismo porque así me lo confesó.

Desde ese día todos los momentos de mi vida fueron maravillosos, llenos de alegría y sosiego, y por extraño que parezca todos nuestros dulces momentos fueron asistidos por la lluvia. Puede que sea raro, pero la lluvia se volvió confidente de cada una de nuestras actividades: las caminatas por la playa, los paseos en bicicleta, los recorridos turísticos, los almuerzos, las cenas, todas las invitaciones. Pero no había nada de malo, el simple hecho de estar con Amanda transformaba cualquier situación en algo memorable.

El tiempo paso, varios años les confieso, y nuestro amor continuaba imperturbable, el solo hecho de estar el uno junto al otro, nos hacia los seres más dichosos sobre la faz de la tierra.

Un día en que Amanda y yo estábamos caminando, un nuevo aguacero se precipito, pero eso no nos importó, que de malo podría haber con la lluvia, si todo el tiempo la misma había sido cómplice de nuestro gran amor.

Pero que equivocados estábamos, en el camino a nuestro hogar, tuvimos que pasar por una concurrida calle, y cuál no sería nuestra mala fortuna; que en medio de nuestro cruce, un vehículo al quedarse sin frenos patino a causa del pavimento mojado, y nos embistió.

Hay algo curioso entre el descubrimiento del amor y la aparición de la fatalidad, en ambos casos el tiempo se detiene, eres consciente de cada segundo sucedido; pero a diferencia del placer que trae consigo el amor y en donde disfrutas ese sentimiento de lentitud, la fatalidad logra grabar esos momentos lentos en tu mente para después que sean revividos cuantas veces sea necesario.

Fue así como percibí todo, fui testigo de cómo el grito mudo de Amanda, me alertó demasiado tarde, y vi como el vehículo la golpeaba a ella en medio de chirridos, para después alcanzar mi cuerpo y terminar todo con un golpe seco.

Desde ese momento solo recuerdo haber despertado en un hospital, con unos fuertes dolores recorriendo una de mis piernas y un costado de mi cuerpo, pero el dolor más grande lo generaba la angustia de no saber nada sobre mi adorada Amanda.

La cruel noticia me fue dada por mi mejor amigo y primo de ella. El me contó que yo había durado una semana en coma, y durante ese tiempo mi amada había muerto, ya que el accidente la había afectado más a ella que a mí, pero que todo el tiempo que duro su agonía solo tuvo fuerzas para pronunciar mi nombre y solo había descansado en paz cuando se había enterado de que yo estaba con vida, muriendo así con una sonrisa en sus labios; y adivinen que sucedía en el momento que me daban esa inhumana noticia, es fácil de suponer, llovía.

Mi alma parecía haber abandonado mi cuerpo, pase varios días yendo al cementerio a llorar sobre la tumba de mi ángel, solamente acompañado por la lluvia, con la cual mis lágrimas se combinaban y bañaban la fría lapida adornada con flores que rezaba lo siguiente, “Que mi amor te acompañe para siempre”. ¡Ahh! desalmadas palabras si ahora era yo quien quería acompañarla a ella y seguir amándola en la eternidad.

Esa, compañeros, es mi terrible historia; una historia que habla sobre un amor arrebatado, me consuela pensar que ella se encuentra bien en el lugar donde está.


Por hora sigo llorando su muerte, reponiéndome lenta y dolorosamente, mientras esta maldita lluvia sigue cayendo sin cesar, empeñándose en recordarme una y otra vez a quien fue el amor de mi vida.

Juan Carlos Cortes.

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