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jueves, 23 de octubre de 2014

Guerra


El dolor recorre mi cuerpo, abro los ojos y todo esta oscuro, aún no ha amanecido; solo puedo ver el contorno de varios bultos a mí alrededor. Intento moverme, me duele mucho más, un peso bloquea mis piernas; tanteo a mi alrededor y confirmo que hay varias personas sobre ellas. Los empujo, deben de despertar ansió poder moverme. La fatiga me vence.

La luz duele, abro de nuevo los ojos y contemplo con  horror el paisaje que la oscuridad me ocultaba, los bultos si son cuerpos, pero ninguno duerme como yo me lo imaginaba, sobre mis piernas hay varios cadáveres, la muerte me impide moverme, cada vez que lo intento el dolor es insoportable.

Trato de recordar pero no lo puedo hacer con claridad, todo es muy caótico, recuerdo voces de alarma, personas corriendo y una explosión. Corroborando mi memoria, el paisaje está lleno de escombros, partes de cuerpos y fierros retorcidos; al parecer el sitio en donde estoy postrado fue el menos afectado.

Las horas pasan, el sol en lo alto incrementa mi suplicio, en estos momentos mi piel arde y se me rajan los labios. La sed aumenta mi confusión, pero mis piernas se niegan a moverse.
La luna hace su aparición, al menos puedo constatar que ha pasado un día. Es claro que no llegara ayuda.

Junto al amanecer llega el mal olor, se extiende y se fortalece, aparecen las moscas, su zumbido es insoportable, se posan sobre mis ojos, nariz y boca, pero poco puedo hacer para espantarlas.

Asediado por el dolor, la sed, el hambre y los bichos, logro encontrar un momento de calma, por fin recuerdo las circunstancias anteriores a esta penosa situación. Soy una suerte de soldado, pero no combatía usando las armas, era útil siendo inteligente, planificando para la victoria de mi ejército, pero fuimos blanco de una estrategia victoriosa del enemigo; nunca nos esperamos esa bomba.

Confinado a una tumba que se pudre antes que yo, me doy cuenta de que la guerra solo es buena para quienes la ganan o al menos para quien la sobrevive. Los del bando perdedor siempre tendrán la cicatriz  de la derrota con ellos, un estigma que les recordara lo que perdieron, lo que no pudieron defender, lo que hubiera sido, eso si no pasaron a formar parte de las filas de los muertos olvidados o recordados en masa en actos hipócritas de celebración.

Tener cerebro solo sirve para tener plena conciencia de sufrir este momento, ninguna fórmula me sacara de aquí, ningún numero le devolverá el movimiento a mis piernas y sobretodo no existe calculo que aleje a las malditas moscas.


Cierro los ojos, me resigno, tan solo deseo que las leyendas fueran reales y una hermosa Valkiria bajara del cielo y me llevara, pero recuerdo que ellas desprecian a los perdedores. Todo se oscurece y por fin camino a los brazos de la muerte escoltado por los zumbidos de mis indeseables pero fieles compañeras.

Por: Juan Carlos Cortes S.

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